El angel de la guarda

Título Original: “El angel de la guarda” | Autor: pacotraver | Enlace al artículo original en “neurociencia neurocultura”

Angel de la guarda

dulce compañía

No me desampares

ni de noche ni de día

no me dejes solo

que me perdería.

Esta era la oración que los niños de cuando entonces rezábamos antes de irnos a dormir. La preocupación de nuestros padres era precisamente esa: que nos perdiéramos y que alguien se nos llevara a algún lugar. Un “alguien” que no tenia una intencionalidad concreta, no era un pederasta (entonces no había pederastas y si los había estaban muy cerca), ni había tráfico de órganos, ni de niños. Dicho de otra manera entonces no se raptaban niños perdidos por la calle, al menos en mi entorno, pero nuestro padres (concretamente nuestras madres) estaban aterrorizadas, ante la posibilidad de que nos raptaran. También existía miedo a las enfermedades, concretamente a la TBC, entonces no había vacunas por tanto los niños pasábamos, si o si por todas las enfermedades posibles que eran mucho más virulentas que ahora, con diferencia.

De manera que los padres de entonces tenían algunos miedos más o menos razonables y otros menos razonables como los de ahora. Pero como podemos observar en la oración lo que pedíamos era protección cuando andáramos solos por la calle, cuando andábamos desamparados.

Pero si cuento este recuerdo infantil es porque vi recientemente un episodio de Black mirror que se titulaba “Arcangel” dirigida por Jodie Foster y que me recordó mucho a mi oración infantil.

Pero no se trataba de un ángel de la guarda cualquiera, sino de un superángel.

El episodio cuenta el caso de una madre soltera y sobreprotectora que tiene una hija (Sara) a la que decide implantarle una especie de chip, a través del cual puede modelar su mundo visual, de tal forma que puede pixelar cualquier escena desagradable para que la niña no la vea y puede además -a través de un terminal- ver todo lo que su hija ve, saber donde está a través del GPS y controlar así todos los órdenes de su vida.

El problema es que en un determinado momento decide poner fin a aquel espionaje al caer en la cuenta de que es una intrusión severa que está influyendo demasiado en la vida de su hija, pero el daño ya está hecho puesto que la niña ya ha conformado su personalidad con una forma de apego evitativo que tiende a dividir el mundo en dos posibilidades: obedecer o ponerse en peligro.

El asunto es que en una de esas salidas nocturnas con mentira incluida que suelen hacer los adolescentes, ella decide volver a conectar su ordenador y averiguar donde está Sara. Y lo que ve acaba de enloquecerla: presencia el acto sexual y el consumo de drogas que su hija lleva a cabo con su pareja de turno, lo que le lleva a actuar de una forma desproporcionada, violenta e inadecuada.

Pero si traigo este episodio de la serie (que dicen que es una de las mejores que se emiten hoy en día), es a causa de su contenido de “tecno-terror”, algo que va más allá del género de ciencia ficción. En efecto, no se trata de contenidos que pueden suceder en el futuro sino de algo que ya está aquí: la omnipresencia de los smarphones, las tablets y los programas que sirven para vigilar, detectar, escanear peligros y que muy frecuentemente se convierten ellos mismos en el peligro. Pongo como ejemplo este software israelí que promete detectar individuos peligrosos a bordo de un avión y dejo en la imaginación del lector los efectos secundarios que podrán establecerse cuando su uso se extienda a la policía, las empresas o los seguros médicos.

El cerebro de una persona sometida a tal escrutinio desde la infancia desarrollará sin duda un exceso de temor, no necesariamente cognitivo sino afectivo y andará siempre en dos tipos de conductas: o bien estará barriendo continuamente su realidad a través de su detector de humos (la amígdala) encontrando siempre amenazas falsas (falsos positivos) o bien desafiará como hace Nemo en este video la autoridad de su padre, desobedeciéndole y sometiéndose al peligro. En este sentido las advertencias del padre parecen operar como una profecía autocumplidora.

¿Qué es una profecía autocumplidora?

Aquellos tipos de crianza donde los cuidadores se muestran demasiado ansiosos por los peligros que acechan a sus hijos y que tratan de evitarles a toda costa esos riesgos acaban por configurar un mundo donde solo es posible o bien obedecer a los padres, perdiendo la capacidad de exploración y de aprendizaje o bien de desafiarles desobedeciendo. No todas las desobediencias son peligrosas pero como el adolescente Nemo no sabe aun valorar los verdaderos riesgos de aquellos asumibles no tiene más remedio que ensayar a través de pasos que aun no ha aprendido a valorar. Es por eso que las profecías (paradójicas) se cumplen, pues están formuladas de una forma en que el receptor de la misma lleva a su cumplimiento: “ya te lo dije yo” es lo mismo que “cuanta razón tenias”.

Aqui teneis un post sobre paradojas y profecías autocumplidoras.

La etología es una disciplina relativamente reciente que tuvo su mayor visibilidad cuando Lorenz, Tinbergen y Von Frisch recibieron el Nobel de medicina en 1973, por sus estudios observacionales sobre modelos animales en crianza libre. De ella hemos aprendido mucho sobre nosotros los humanos, llamo la atención por ejemplo en como el concepto de “impronta” y el aprendizaje por impronta.

La conducta de sumisión fingida.-

La conducta de sumisión fingida llega a estar organizada al final del segundo año de vida y sirve para varias funciones. Su significado puede derivarse del estudio etológico de conflictos intraespecies. Cuando dos animales están en conflicto y uno es claramente el perdedor, éste pone fin al conflicto antes de ser destruido. Lo hace exhibiendo un conjunto de conductas encaminadas a reconocer el dominio del otro animal y desactivar su agresión (Eibl-Eibesfeldt, 1979). Estas señales incluyen el exponer el vientre, ofrecer el cuello, abrir la boca cubriendo los dientes y bajar la mirada ante el vencedor. Las primeras dos señales hacen al animal vulnerable a la destrucción; así se clarifica la dominancia jerárquica. Pero si el animal perdedor es meramente sumiso, será atacado o expulsado del grupo social (Barnett, 1975). En ambos casos está expuesto al peligro. Se necesitan, entonces, señales que restablezcan la sumisión del animal en una relación social con el animal dominante. En contraste a mostrar los dientes, señal de agresión, y sonreír, señal de aproximación amistosa, una boca abierta con los dientes descubiertos es una sonrisa con exagerada evidencia de falta de agresión y también una señal infantil de solicitud de alimento, lo que llamamos sonrisa de hiena. El contacto visual huidizo indica el deseo de mantener el contacto, pero con exagerado esfuerzo para asegurarse que la señal no pueda ser tomada, erróneamente, como mirada agresiva. Ambas señales  trasvasan información oral, morder, mostrar los dientes, es decir están ligadas a la nutrición. En los humanos esa “sonrisa de hiena” parece denotar una confusión o duda entre el hecho de sonreir o someterse, hablamos de ellos cuando decimos que alguien “habla entre dientes”

Dicho de otro modo la conducta de sumisión fingida tiene como objeto desactivar la agresión del oponente y al mismo tiempo ocultar la rabia propia.

Cualquiera que haya tenido un perro sabe de que hablo y también sabe reconocer esos gestos de sumisión que usualmente tienen los canes con sus amos, sin embargo en nuestra especie estas señales suelen pasar desapercibidas.

Los niños con apegos ansiosos (sobreprotegidos o no) sustituyen las conductas de evitación por inhibición psicológica. Ellos miran y hablan a sus figuras de apego sin señalar su deseo de proximidad. Sin ser rudos, mantienen un intercambio entre ellos y sus cuidadores, frío, formal y cortés.

Las crianzas sobreprotectoras son tan distorsionantes para el equilibrio mental a largo plazo como aquellos niños criados en entornos negligentes o rechazantes. Y eso mismo le sucede a la madre de Sara: acaba provocando precisamente aquello que temía.

Un corolario.-

A pesar de la ayuda de mi ángel de la guarda, durante mi infancia me perdí tres veces y sin llevar ningún chip encontré mi casa y mi calle, preguntando, siempre a una mujer claro.

 

Título Original: “El angel de la guarda” | Autor: pacotraver | Enlace al artículo original en “neurociencia neurocultura”