Avaros cognitivos, personas que prefieren no pensar




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Enlace al artículo original publicado por Jennifer Delgado

Todos, en mayor o menor medida, somos avaros cognitivos. Vivimos en un mundo complejo e incierto que cambia continuamente. Cada día nos enfrentamos a tantos estímulos y existen tantas variables a considerar que es perfectamente comprensible que nuestro cerebro tome atajos y seleccione la información que mejor se adapte a nuestras creencias. Así no tenemos que realizar un gran esfuerzo mental. Sin embargo, esa especie de pereza mental tiene consecuencias. Y no son precisamente positivas.

¿Qué es la avaricia cognitiva?

En 1984, las psicólogas Susan Fiske y Shelley Taylor hicieron referencia por primera vez al concepto de avaro cognitivo. Lo utilizaron para definir a “aquellas personas que tienen una capacidad limitada para procesar información, por lo que toman atajos cada vez que pueden”.

Sin embargo, lo cierto es que todos somos avaros cognitivos en determinadas situaciones ya que nuestro cerebro tiene la tendencia a elegir los caminos más cortos en el día a día. En vez de comportarnos como científicos racionales sopesando cuidadosamente los costos y beneficios de las opciones, probando hipótesis o actualizando nuestras expectativas y conclusiones en base a los resultados, simplemente nos dejamos llevar por la pereza cognitiva y elegimos el camino más fácil.

Obviamente, somos más propensos a utilizar atajos mentales cuando nos encontramos ante situaciones inciertas y complejas o cuando tenemos poco conocimiento sobre lo que está ocurriendo. En esos casos, intentamos simplificar el problema. Nos guiamos por un principio básico: ahorrar tanta energía mental como sea posible, incluso en aquellas situaciones donde es más necesario “usar la cabeza”.

Hay personas, sin embargo, que hacen de la avaricia cognitiva su modus operandi. Tomar atajos mentales se convierte en un hábito y patrón de no-pensamiento.

El camino que recorren los avaros cognitivos

Los avaros cognitivos suelen actuar de dos maneras: ignorando parte de la información para reducir su carga cognitiva o sobrevalorando algún tipo de dato para no tener que buscar o procesar información diferente que pueda echar por tierra sus creencias o suposiciones. Por tanto, son particularmente propensos al sesgo de confirmación.

En práctica, el avaro cognitivo tiene la tendencia a buscar, enfocarse y favorecer aquella información que confirma sus creencias o hipótesis, dando un valor excesivo a esos datos, mientras ignora los detalles que pueden echar por tierra sus ideas, simplemente porque ello implica un mayor esfuerzo mental.

Los avaros cognitivos, en vez de buscar entre todas las pruebas relevantes para su problema o la decisión que deben tomar, se centran en aquella información que apoye su hipótesis o alternativa inicial, ignorando o disminuyendo el valor de los datos contrarios o discordantes. Por tanto, ponen en marcha un proceso de búsqueda parcial de información que les impide ver el problema de manera holística.

También suelen interpretar de manera sesgada la información, dando más relevancia a los datos que apoyan sus teorías y visión del mundo. Como resultado de ese pensamiento poco racional, no es difícil que construyan esquemas mentales poco adaptativos que no se corresponden con la realidad o desarrollen estereotipos que se convierten en autolimitaciones.

Las consecuencias de la avaricia cognitiva

Pensar poco nos convierte en personas menos racionales y más propensas a caer en las trampas que nos tienden los estereotipos y prejuicios. Ese déficit de conocimiento y, sobre todo, la ignorancia motivada que se encuentra en su base, dan pie a una visión sesgada y poco racional del mundo que nos impide comportarnos de manera adaptativa.

Tomar atajos mentales puede ser conveniente cuando estamos caminando por la calle ya que nuestra mente no es capaz de procesar todos los estímulos que nos llegan, pero hacerlo ante problemas importantes y complejos de la vida suele hacer que tomemos malas decisiones.

Cuando no somos capaces de formarnos una idea general del problema al que nos enfrentamos y lo vemos de manera sesgada y polarizada, es probable que ignoremos variables relevantes y tomemos decisiones precipitadas de las que después nos arrepintamos.

Otro efecto de la avaricia cognitiva es que disminuye nuestra capacidad para evaluar correctamente los riesgos. Cuando aplicamos atajos cognitivos descuidamos datos importantes, pequeñas señales que nos ayudan a comprender cómo una serie de pequeños errores pueden conducir a una auténtica catástrofe. Como resultado de esa ceguera cognitiva, es menos probable que aprendamos una lección para el futuro, por lo que de cierta manera nos condenamos a tropezar una y otra vez con la misma piedra.

Ensimismados en la cámara de eco que hemos construido, no vemos con claridad el mundo, sino que nos limitamos a reforzar nuestras creencias y estereotipos, manteniéndolos en un sistema cerrado a buen recaudo de la refutación y del crecimiento.

Dejar de ser un avaro cognitivo

En el 2013, investigadores del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia plantearon este problema a 248 estudiantes universitarios: “Un bate y una pelota juntos cuestan 1,10 dólares. El bate cuesta 1 dólar más que la pelota. ¿Cuánto cuesta la pelota?”

Sin pensarlo mucho, la mayoría de los participantes respondieron que el bate costaba 1 dólar y la pelota 10 centavos. No es así. La pelota cuesta 5 centavos y el bate cuesta 1,05 dólares.

El 79% de los participantes tomaron un atajo mental. No se tomaron el trabajo de pensar y realizar esa pequeña operación matemática. Lo curioso, sin embargo, es que la mayoría de las personas reconocía no estar segura de su respuesta. De cierta forma, sabían que se habían comportado como avaros cognitivos.

En la vida real suele ser más difícil detectar esos atajos cognitivos, sobre todo cuando las emociones están implicadas, pero debemos prestar más atención a nuestra intuición. Si experimentamos cierto recelo o inseguridad respecto a una decisión importante que hemos tomado, es probable que sea una señal de nuestro inconsciente que nos está alertando de que hemos sido avaros cognitivos.

Otra manera para sortear los atajos mentales consiste en hacer un alto y preguntarnos si realmente hemos valorado todas las variables posibles o si hemos analizado la situación con la mente abierta. Fiske explicó que cuando estamos preocupados o distraídos, tenemos menos espacio mental para pensar cuidadosamente. Al contrario, cuando retomamos nuestras rutinas y nos sentimos tranquilos tenemos la tendencia a pensar de manera más racional, cautelosa y abierta.

En cualquier caso, debemos ser conscientes de que los atajos mentales pueden ser al mismo tiempo racionales o irracionales. Son racionales cuando nos ayudan a tomar decisiones rápidas en contextos cotidianos o de emergencia, pero son irracionales cuando nos empujan a ignorar toda aquella información que contradice nuestro punto de vista y nos impiden formarnos una imagen más fiel de la realidad en situaciones en las que tenemos suficiente tiempo para reflexionar sobre nuestro próximo paso.

No debemos olvidar que “las personas inteligentes creen cosas raras porque han sido entrenadas para defender creencias a las que llegaron por razones no inteligentes”, como dijera Michael Shermer.

Fuentes:

Fiske, S. T. & Taylor, S. E. (2013) Social cognition: From brain to culture. Londres: Sage.

De Neys, W. et. Al. (2013) Bats, balls, and substitution sensitivity: cognitive misers are no happy fools. Psychon Bull Rev; 20(2): 269-273.

Corcoran, K. & Mussweiler, T. (2010) The cognitive miser’s perspective: Social comparison as a heuristic in self-judgements. European Review of Social Psychology; 21(1): 78-113.

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